“Quiero ir con Javi a París en diciembre, para que ver la iluminación. ¿Quién se apunta?” Así fue como empezó todo. Jose nos propuso acompañarlos a un viaje a París y, como hacía tiempo que no me pegaba un viajito, me animé. Compramos los billetes en agosto, con vueling. Quedaba tiempo aún para el viaje y para mentalizarme de que iba a coger un avión después de algún tiempo.
Pues bien, ese 11 de diciembre que tanto esperábamos, llegó. Nos levantamos a las 4:30 de la mañana porque el avión salía a las 8:00 y teníamos que facturar y demás. Nada más levantarme, lexatin pal cuerpo para así mitigar un poco los nervios que me produce el avión. El vuelo pasó rápido e, incluso, di una cabezadita, algo de lo que me sorprendí!
Llegamos al aeropuerto de París y, tras recoger las maletas, nos fuimos para el tren que nos llevaría a la ciudad y, una vez allí, tirariamos para el hotel. La sensación térmica no era demasiado fría allí en el aeropuerto, lo que nos sorprendió (no sabíamos lo que nos esperaba…). Llegada al hotel, dejamos maletas y a ver PARÍS.
Primera visita: Louvre. Precioso… y enorme. Muchas obras, muchos niños y muchos guiris (entre los que estábamos nosotros). Obras impresionantes como la coronación de Napoleón, que me impresionó mucho más que la Mona Lisa, por ejemplo. Después de pasear y ver por encima el Louvre (no nos daba tiempo a verlo todo), nos fuimos a comer. A las 16:00 de la tarde, a las Tullerías, un parque que está justo al lado del Louvre.
Después de casi 12 horas sin comer, por fin pudimos sacar los bocadillos que nos sentó como agua de mayo, que dicen. Allí, a la interperie, en el parque y con una rasca curiosa. Helados como estábamos nos comimos los bocatas como pudimos. Bocatas caseros, claro, con embutido del mercadona y pan de España.
Después de la comida, La Defensa, Arco del Triunfo y Campos Elíseos… precioso todo. Ahora sí, el nivel de vida que hay en París y la forma de ser que tienen allí no se parece en nada al de aquí, obviamente. Allí todo el mundo va a otro rollo con más prisa pero sin ser agobiante.
Una anécdota curiosa de ese día nos ocurrió cuando llegamos desde el aeropuerto hasta una de las estaciones del metro. De repente nos vimos los 9 en una masa de personas que iban muy rápido de un lado a otro de la estación, en todos los sentidos, y direcciones posibles. Nosotros, en cambio, íbamos más tranquilos, andando más calmados y nos llamó la atención ese detalle porque los todos saltamos a la vez: ” ¡Uy Uy Uy, por favor, qué rápido va la gente!”. Fue genial ese momento. Y fue genial todo el día. Estábamos cansados, nos hartamos de andar, pero mereció la pena.
¡París es fantástico!
Estoy al límite, física y mentalmente. Estoy cansada, agotada. Cuando empecé las prácticas en julio lo pasé realmente mal. Me agobié muchíííííísimo, me ví en Sevilla, sin apenas gente, con un calor casi insoportable, sin salir después del periódico a dar una vuelta por el centro si no quería que me diera una lipotimia… Fatal. Por las circunstancias me llevé dos semanas en las que iba del periódico a casa y de casa al periódico, aunque de vez en cuando daba un paseito hasta Mercadona. Poco más.
Hay veces que me he preguntado porque soy tan tímida. Siempre que conozco a alguien, ya sea persona individual o en grupo me cuesta muchísimo entablar una conversación normal. Normal es que no se sucedan monosílabos o frases de tres palabras.
Hace unas semanas quedamos para cenar y celebrar el cumpleaños de Chari, que fue el 10 de julio. La mayoría de mis amigos de clase estamos de prácticas en Sevilla, así que fue una excusa para vernos. Sólo fuimos 7 porque el resto estaba muy cansado de estar todo el día en el preiódico, radio, etc, o no tenían coche y su último tren salía a las 11h; o simplemente no les apetecía…
necesito cambiar, a pesar de que me lo he pasado genial y he hecho muy muy buenas amigas aquí.